Presentando el regalo: Scott Hahn reflexiona sobre la Presentación del Señor

 La Presentación en el Templo

La Presentación en el Templo, Fra Angélico, 1440-1442

Lecturas:
Malaquías 3,1–4
Salmo 24,7- 10
Hebreos 2,14–18
Lucas 2,22–40


La festividad que celebramos hoy es la Presentación del Señor en el Templo, ya cuarenta días después de su nacimiento. Como primogénito, él le pertenecía a Dios. Según la ley, a María y José les correspondía llevar al niño al Templo y “redimirlo” pagando cinco monedas. Y a su vez, la ley requería que la madre de la criatura hiciera una ofrenda de sacrificio para ser ritualmente purificada después de su parto.

Es así que esta celebración nos muestra una serie de eventos algo curiosos. El Redentor que nos redimió parece ser redimido. Ella que es toda pura se presenta para ser purificada. He ahí la humildad de Dios. He ahí la humildad de la Santísima Virgen. Se someten a la ley aun no estando obligados a cumplirla.

Otro detalle curioso es que en el evangelio no hay mención alguna de que Jesús haya sido “redimido”, más bien este aconteciendo se describe como una consagración religiosa—como la de un sacerdote. San Lucas nos dice que Jesús fue “presentado” al Templo, empleando el verbo que San Pablo usa para describir la ofrenda de sacrificio (véase Romanos 12,1). Otro paralelo se encuentra en la consagración en el Antiguo Testamento de Samuel (1 Samuel 1, 24-27) como sacerdote del Templo.

El drama en torno a la concepción y nacimiento de Jesús comienza en el Templo—cuando el Arcángel visita al pariente de María, el sacerdote Zacarías. Y ahora el relato de la Infancia de Jesús concluye apropiadamente de nuevo en el Templo.

Las lecturas de hoy tienen que ver con Jerusalén, el Templo, y los ritos del sacrificio. La primera lectura viene del profeta Malaquías, quien exhorta a los sacerdotes a volver a la fidelidad del servicio sacerdotal y luego predice el día en que el Mesías llegará para la purificación definitiva del sacerdocio.

Así también, el Salmo anuncia a Jerusalén que ella está a punto de recibir una gran visita. El salmista identifica al visitante como “El Señor de los ejércitos … el rey de la gloria.”

Es ahora que Cristo llega como el sacerdote y redentor tan anisadamente esperado. Es también Él mismo, el mero sacrificio. Efectivamente, su vida nos mostrará luego que Él es el mismísimo Templo (véase Juan 2,19-21).

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