Banquete de Sabiduría: Scott Hahn reflexiona sobre el 20º Domingo de Tiempo Ordinario

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La disputa del Sacramento, Rafael Sanzio, 1509-1520

Lecturas:
Proverbios 9,1–6
Salmo 34, 2–3, 10–15
Efesios 5,15–20
Juan 6, 51–58


Como escuchamos en la primera lectura de este domingo, la Sabiduría de Dios nos ha preparado un banquete.

Debemos hacernos como niños (Cfr. Mt 18, 3-4) para poder escuchar y aceptar esta invitación; para darnos cuenta que en cada Eucaristía se representa y renueva la locura de la cruz.

Para el mundo, es una tontería creer que Jesús crucificado resucitó de entre los muertos. Para muchos, como la multitud que describe el Evangelio de hoy, es locura —o incluso enfermedad— creer que Jesús puede darnos a comer su carne.

Sin embargo, Jesús es insistente en el Evangelio de este domingo. Es notoria la repetición de las palabras, “coman” y “tomen”; “mi carne” y “mi sangre”. Para subrayar el increíble realismo de lo que Jesús nos pide creer, San Juan ocupa en estos versículos, no la palabra griega ordinaria para “comer”, sino otra más cruda que se refiere al “masticar” de los animales rumiantes.

“La locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana” (1 Co 1,18-25). En la “locura” de su amor, Él decide salvar a quienes creemos que su Carne es verdadera comida y su Sangre verdadera bebida.

El temor de Dios, el deseo de vivir de acuerdo a su voluntad, es el comienzo de la verdadera sabiduría (Cfr. Pr 9, 10). Y como cantamos en el salmo de este domingo, nada falta a quienes temen al Señor.

La liturgia de este día nos invita, nuevamente, a renovar nuestra fe en la Eucaristía. . Nos llama a no caer en el absurdo de creer solo aquello que vemos con nuestros ojos.

Nos acercamos, pues, no solo a un altar preparado con pan y vino, sino al banquete de Sabiduría, al banquete del cielo, en el que Dios nuestro Salvador renueva su Alianza eterna y promete destruir la muerte para siempre (Cfr. Is 25, 6-9).

Aprovechemos bien nuestros días, dando continuamente gracias a Dios en la Eucaristía por todas las cosas, en el nombre de Jesucristo, Pan bajado del cielo (Cfr. Ef 5, 20).