Cuando llegue el final: Scott Hahn reflexiona sobre la Fiesta de Cristo Rey

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Lecturas
Ezequiel 34,11-12.15-17
Salmo 23,1-3.5-6
1 Corintios 15, 20-26. 28
Mateo25, 31-46

Esta semana termina el año litúrgico con una visión del final de los tiempos. La escena descrita por el Evangelio es cruda y en ella resuenan ecos del Antiguo Testamento.

Sunday’s First Reading, judging as a shepherd separates sheep from goats.
El Hijo del Hombre es entronizado sobre todas las naciones y pueblos de toda lengua (cf. Dn 7,13-14). Las naciones han sido reunidas para ver su gloria y recibir su juicio (cf. Is 66,18; So 3,8). El Rey es el pastor divino que Ezequiel prevé en la primera lectura del domingo; Él juzga así como el pastor separa las ovejas de las cabras.

Cada uno de nosotros será juzgado según cómo realice las sencillas obras de misericordia que escuchamos en el Evangelio.

Estas obras, como Jesús explica hoy, son reflejo o medida de nuestro amor a Él; son nuestra fidelidad a su mandamiento de amar a Dios con todas nuestras fuerzas y al prójimo como a nosotros mismos (cf. Mt 22, 36-40).

Nuestra fe está muerta, no tiene vida, a menos de que la expresemos con obras de amor (cf. St 2,20; Ga 5,6). Y no podemos decir que amamos verdaderamente a Dios a quien no vemos, si no amamos a nuestro prójimo, a quien sí vemos (cf. 1Jn 4,20).

El Señor es nuestro pastor, como cantamos en el salmo del domingo. Y hemos de seguir su guía e imitar su ejemplo (cf. 1Co 1,11; Ef 5,1).

Él ha sanado nuestras enfermedades (cf. Lc 6,19), nos ha liberado de la cárcel del pecado y de la muerte (cf. Rm 8,2.21), nos ha dado la bienvenida a nosotros que una vez fuimos extraños a su alianza (cf. Ef 2,12.19). Nos ha revestido en el bautismo (cf. Ap 5,5; 2Co 5, 3-4) y nos alimenta con la comida y la bebida de su propio Cuerpo y Sangre.

“Al final” vendrá de nuevo para entregar su reino a su Padre, como dice San Pablo en la epístola de esta semana.

Luchemos por seguirle en el camino correcto para que su reino sea nuestra heredad; para que podamos entrar en el descanso eterno prometido al pueblo de Dios (cf. Hb 4,1.9-11).