El Prometido: Scott Hahn reflexiona sobre el 10º Domingo de Tiempo Ordinario

Cristo Guerrero, Capilla arzobispal, Rávena, siglo VI

Lecturas:
Gen 3, 9-15
PS 130, 1-2, 3-4, 5-6, 7-8
2 Cor 4, 14-5,1
Mc 3, 20-35

En el evangelio de hoy vemos a Jesús sanando y expulsando a demonios en Galilea. Junto con la multitud que le seguía y se le acercaba al punto de no tener tiempo ni para comer, le acompañan también personas que no comprenden lo que él está haciendo. Sus mismas amistades lo juzgaban loco en necesidad de un descanso. Pero los escribas que bajan de Jerusalén no solo están equivocados; ellos lo acusan de estar poseído por demonios.

Pero la realidad es todo lo contrario. Jesús se está revelando a sí mismo como el prometido de la primera lectura. Él es la semilla de la mujer quien ha venido a aplastar la cabeza de la serpiente demoniaca. En la parábola del hombre fuerte, Jesús revela que ha venido no sólo ha derrotar al demonio sino también a liberar a los que están cautivos por él. Así lo explica San Beda, “El Señor también ha atado al hombre fuerte, es decir, al demonio; le ha restringido el seducir a los escojidos, y entrar a su casa, que es el mundo; Él ha aruinado su casa, y sus bienes, es decir a los hombres, porque los ha arrebatado de las garras del demonio, uniéndolos a Su Iglesia.”

Los escribas blasfeman al atribuir esta obra del Espíritu Santo a los demonios. Jesús luego declara algo que nos sacude diciendo, “el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca.” Esto no significa que la misericordia de Dios tenga límites (CIC 1864). Más bien, el único pecado que no se perdona es el rechazar la misericordia que el Espíritu Santo nos ofrece.

En vez, deberíamos de imitar a los que se sentaban a los pies de Jesús. Ya que él dijo, “Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana, y mi madre.”