En las bodas: Scott Hahn refleja sobre el 2o Domingo de tiempo ordinario

Lecturas:

Isaías 62, 1-5

Salmo 96, 1-3, 7-10

1 Corintios 12, 4-11

Juan 2,1-12 


Consideremos estas semanas posteriores a la Navidad, como una época de “epifanías”.  Durante este tiempo, la Liturgia de la Palabra nos muestra quién es Jesús y qué nos ha revelado sobre nuestra relación con Dios.

 

El domingo pasado las imágenes fueron reales y filiales. Jesús fue mostrado como el  recién nacido rey de los judíos que nos hace coherederos de la promesa de Dios a Israel. Como Israel, nosotros seremos hijos amados de Dios.

 

Ahora, nos encontramos en una boda. Se nos muestra otra dimensión de nuestra relación con Dios. Si somos hijos suyos, es porque hemos sido incorporados a la familia divina por medio de una boda.

 

¿Alguna vez se han preguntado por qué la Biblia comienza y termina con la narración de una boda, la de Adán y Eva en el Paraíso, y el banquete matrimonial del Cordero (comparen Gn 2, 23-24 con Ap 19,9; 21,9; 22,17)?

 

A lo largo de la Escritura, el matrimonio es el símbolo de la relación-alianza que Dios quiere tener con su pueblo escogido. Él es el Esposo y la humanidad es su amada y muy buscada novia. En la primera lectura de hoy vemos reflejada la belleza de esta imagen.

 

Cuando Israel rompe esta alianza, se le compara con una cónyuge infiel (cfr. Jr 2,20-36; 3,1-13). Sin embargo, Dios le promete tomarla de nuevo y desposarse con ella para siempre, en una alianza perpetua (cfr. Os 2, 18-22).

 

Esa es la razón por la cual Cristo realiza su primera “señal” en una fiesta nupcial. Él es el Novio divino (cfr. Jn 3,29) que nos llama a su real banquete de bodas (cfr. Mt 22,1-14).

 

Por esta Nueva Alianza, Él se hará “una sola carne” con toda la humanidad en la Iglesia (cfr. Ef 5, 21-33). Por medio de nuestro bautismo, cada uno de nosotros ha sido prometido a Cristo, como una novia a su Esposo (cfr. 2 Co 11,2).

 

El vino nuevo que Jesús nos da en el banquete de hoy, es el don del Espíritu Santo dado a su novia y cuerpo, como dice la epístola de este día. Esa es la salvación anunciada a las “familias de los pueblos”, que cantamos en el salmo.