Libres de ataduras: Scott Hahn reflexiona sobre el 2º Domingo de Cuaresma

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Lecturas:
Génesis 22,1-2, 9-13, 15-18;
Salmo 116,10, 15-19;
Romanos 8, 31-34;
Marcos 9, 2-10

El tiempo de cuaresma continúa con otra narración sobre una prueba. El domingo pasado leímos las tentaciones de Jesús en el desierto.

La primera lectura de este domingo habla sobre la prueba de Abraham. La Iglesia siempre ha visto en esta historia un signo del amor de Dios, que “entregó a su Hijo único” (cf. Jn 3,16).

En la epístola, San Pablo menciona que Dios, como Abraham (cf, Gn 22,16) “no perdonó a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros” (Rm 8, 32).

El evangelio retoma esa figura. Jesús es llamado “el Hijo Amado” de Dios, así como Isaac es descrito como el amado hijo único de Abraham (cf. Gn 22, 2)

Estas lecturas se nos dan en la cuaresma para revelarnos la identidad de Cristo y para fortalecernos frente a nuestras tribulaciones.

Jesús es mostrado como el verdadero hijo, al que Abraham se regocijó en contemplar (cf. Mt 1,1; Jn 8, 56).

En su transfiguración, Jesús manifiesta ser “el profeta como Moisés” prometido por Dios — suscitado de entre el Pueblo de Dios — que habla con la autoridad del mismo Señor (cf. Dt 18,15.19).

Como Moisés, Jesús también sube a la montaña con tres amigos, cuyos nombres hallamos en el texto y ve la gloria de Dios en una nube (cf. Ex 24,1.9.15).

Jesús es El que fue profetizado, El que habría de venir después del regreso de Elías (cf. Si 48, 9-10; Ml 3,1, 23-24).

Además, como Él mismo lo revela a sus apóstoles, Jesús es el Hijo del Hombre enviado a sufrir y morir por nuestros pecados (cf. Is 53,3).

Como cantamos en el salmo de este domingo, Jesús creyó aún en el momento de su aflicción y Dios lo liberó de los lazos de la muerte (cf. Sal 116, 3).

Su resurrección debe darnos el valor para enfrentar nuestras pruebas y ofrecernos totalmente al Padre, como lo hizo El y como lo hicieron Abraham e Isaac.

Liberados de la muerte por Su muerte, hemos venido a esta Misa a ofrecer un sacrificio de acción de gracias y a renovar nuestras promesas como sus siervos fieles.