Muchos pecados, gran amor: Scott Hahn refleja sobre el 11o domingo de tiempo ordinario

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Lecturas:

2 Samuel 12, 7–10.13

Salmo 32, 1–2, 5.7.11

Gálatas 2,16.19–21

Lucas 7,36–50


En las lecturas de este domingo podemos identificarnos con el rey caído, David, y con la mujer que llora a los pies de Jesús.

Como a David, el Señor nos ha rescatado del pecado y de la muerte, y nos ha ungido con su Espíritu en el bautismo y la confirmación. Nos ha hecho herederos de lo que prometió a los hijos de Israel.

Y como David y la mujer del Evangelio, caemos en pecado. Talvez nuestros crímenes no son tan graves como los de David (cfr. 2 S 11,1-26) o los “muchos” de la pecadora (cfr. Lc 7,47), pero a menudo desperdiciamos el magnífico don de la salvación que se nos ha dado.  Con frecuencia fallamos en el intento de vivir de acuerdo a nuestra gran vocación de ser hijos e hijas de Dios.

La buena noticia de las lecturas de hoy, la buena nueva de Jesucristo, es que podemos regresar a Dios en el sacramento de la confesión. Cada uno de nosotros puede repetir las maravillosas palabras que Pablo nos dice en su Epístola esta semana: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí”. 

Nuestra fe nos salvará, como Jesús le dice a la mujer hoy, sin importar cuántos pecados tengamos ni qué tan graves. Si venimos a él con verdadero dolor y arrepentimiento, escucharemos sus palabras de perdón como David y como la mujer del Evangelio de este domingo.

En la primera lectura escuchamos la sincera confesión de David. También el salmista confiesa sus pecados a Dios. Y en el Evangelio, escuchamos las tiernas palabras de misericordia y perdón de nuestro Señor.

Cristo, mediante su palabra sanadora y su promesa de paz, nos hace capaces de encontrarlo en la mesa del banquete eucarístico.

No podemos ser como el fariseo del Evangelio. Nunca deberíamos despreciar al pecador ni dudar del poder de Dios para convertir incluso a los peores pecadores.

Por el contrario, deberíamos comprometernos hoy a imitar a esa mujer pecadora. Agradecidos por la deuda que se nos ha perdonado, prometamos vivir solamente por la fe y solo por Dios. Como ella, dediquemos nuestras vidas a servirle con gran amor.