Que Él crezca: Scott Hahn reflexiona sobre la Natividad de Juan el Bautista

El nombre de San Juan Bautista, Fra Angélico, 1434-1435

Lecturas:
Isaías 49,1–6
Salmo 139,1–2.13–15
Hechos 13,22–26
Lucas 1,57–66.80

En el Evangelio de esta semana, la gente está atemorizada y sorprendida por los misteriosos acontecimientos que rodean el nacimiento de Juan.

Sólo sus padres, Isabel y Zacarías, saben lo que será este niño.

Juan el Bautista fue moldeado en secreto, fue tejido por Dios en el vientre materno, como cantamos en el salmo de este domingo. Desde el seno de su madre fue apartado, fue formado para ser un servidor de Dios, como declara Isaías en la primera lectura.

Toda la narración del nacimiento de Juan está marcada con ecos del Antiguo Testamento, sobre todo de la historia de Abraham. Dios se le apareció a Abraham y le prometió que su esposa le daría un hijo. Él anunció el nombre de su hijo y el rol que Isaac jugaría en la historia de la salvación (cfr. Gn 17,1.16.19).

Lo mismo les pasó a Zacarías y a Isabel. Dios, por medio de su ángel, anunció el nacimiento de Juan a esta pareja de justos pero estériles. Les hizo llamarlo con un nombre especial y les dijo el papel singular que Juan desempeñaría en el cumplimiento de su plan en la historia (cfr. Lc 1,5-17).

Como dice Pablo en la segunda lectura de hoy, Juan estaba destinado a ser heraldo del cumplimiento de todas las promesas de Dios a los hijos de Abraham (cfr. Lc 1,55.73). Iba a traer la palabra de salvación a todo el pueblo de Israel. Más aún, iba a ser una luz para las naciones, para todos aquellos que, a tientas, buscaban a Dios en la oscuridad.

Frecuentemente asociamos a Juan con su fuerte predicación (cfr. Mt 3,7-12). Pero en el corazón de su misión había una profunda humildad. Pablo alude a ello cuando cita sus palabras, mencionando que no se consideraba digno de desatar las sandalias de Cristo.

Juan dijo de Cristo: “Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30).

Debemos tener esa misma actitud en nuestro seguimiento de Jesús. El arrepentimiento que Juan predicó consistía en un alejamiento del pecado y del egoísmo, y una conversión total de nuestros corazones a Dios.

Debemos disminuir para que, como Juan, podamos crecer fuertes en el Espíritu, hasta que Cristo se manifieste en cada uno de nosotros.