Purificados por Cristo: Scott Hahn reflexiona sobre el 6º Domingo de Tiempo Ordinario

Lecturas:
Levítico 13, 1–2,44–46
Salmo 32,1–2.5.11
1 Corintios 10,31–11,1
Marcos 1,40–45

En el Antiguo Testamento, la lepra se entendía como castigo por la desobediencia a los mandamientos de Dios (Nm. 12,12–15; 2 R 5,27; 15,5).

Llamados “impuros”—esto es, no dignos de dar culto ni de vivir con los Israelitas—, los leprosos eran también considerados “abortos”, “muertos en vida” (Nm 12,12)

De hecho, lo que la Ley les exige en la primera lectura de este domingo—llevar la ropa rasgada, los cabellos revueltos, la barba tapada- son signos de muerte, penitencia y luto (Lv 10,6; Ez 24,17).

Por lo tanto, la historia del evangelio no se refiere solamente a un milagro de sanación, sino que tiene un significado mucho más profundo.

Cuando Eliseo, invocando el nombre de Dios, sanó al leproso Naamán, el milagro demostró que había “un profeta en Israel” (2 R 5,8).

En el evangelio, la curación que escuchamos revela que Jesús es mucho más que un gran profeta. El es Dios que visita a su pueblo (Lc 7,16).

Solamente Dios puede curar la lepra y quitar el pecado (2 R 5,7); Él es el único que tiene una voluntad soberana. (Is 55,11; Sb12,18).

Así mismo, podemos ver que el hecho narrado por el evangelio tiene un aspecto casi sacramental.

Jesús extiende su mano—como Dios, con su brazo, hizo prodigios para salvar los Israelitas—(Ex. 15,6; Hch 4,30). El gesto ritual es acompañado por una palabra divina: “queda limpio”.

La palabra de Jesús se hace realidad (Sal 33,9), al igual que en el día de la Creación: “Y dijo Dios: Haya luz. Y la luz existió” (Gn 1,3).

Lo mismo pasa con nosotros cuando nos “mostramos” al sacerdote en el sacramento de la Penitencia.

Postrados como el leproso, confesamos nuestros pecados al Señor, como cantamos en el salmo. Por la mano extendida y la palabra divina que pronuncia el sacerdote, el Señor quita nuestra culpa.

Del mismo modo que el leproso, debemos regocijarnos en el Señor y anunciar la buena nueva de su misericordia. Debemos dar testimonio de nuestra sanación cambiando nuestras vidas.

Como San Pablo dice en la epístola de este domingo, debemos hacer todo para gloria de Dios, para que los otros se salven.