Una voz majestuosa: Scott Hahn reflexiona sobre el la Transfiguración del Señor

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Transfiguracion
Lecturas:

Daniel 7, 9-10, 13-14
Salmo 97, 1-2, 5-6, 9
2 Pedro 1, 16-19
Matteo 17, 1-9

El evangelio de este domingo muestra cómo Cristo, mediante su Transfiguración, revela su verdadera identidad en la cima de la montaña santa.

Situado en medio de Moisés y Elías, Jesús es el puente que une la Ley antigua, los profetas y los salmos (Cfr. Lc 24, 24-27). Como Moisés, Jesús sube a la montaña con tres acompañantes cuyos nombres conocemos y contempla la gloria de Dios en una nube (Cfr. Ex 24, 1,9,15). Como Elías, Él también escucha la voz de Dios en la montaña (1R 19, 8-19).

Según la profecía, Elías tenía que regresar como heraldo del Mesías y de la Nueva Alianza con el Señor (Cfr. Ml 3,1, 23-24). Jesús se revela ahora como ese Mesías. Por su muerte y resurrección, como él lo dice en la intimidad a sus apóstoles, hace una Nueva Alianza con toda la Creación.

La voz majestuosa anuncia a Jesús como el mismo Hijo amado de Dios, en quien el Padre se complace (Cfr. S 2,7). Con esas palabras, Dios nos permite asomarnos brevemente a su interior. En la nube que representa el Espíritu Santo, el Padre revela su amor hacia el Hijo y nos invita a compartir ese amor como hijos suyos bienamados.

Envuelto en las nubes del cielo, con sus vestiduras resplandecientes, Jesús es el Hijo del Hombre cuya entronización profetiza Daniel en la primera lectura de este domingo.

Él es el rey, el Señor de toda la tierra, como cantamos en el salmo de este domingo. Pero debemos preguntarnos, ¿es también Cristo el Señor de nuestra mente y de nuestro corazón?

En el Evangelio de hoy, la última palabra que Dios dice desde el cielo es un mandato: “Escúchenlo” (Cfr. Dt 18, 15-19).

La palabra del Señor debería ser una luz que brilla en las tinieblas, como nos dice San Pedro en la segunda lectura. Sin embargo, ¿estamos realmente escuchando? ¿Ponemos atención a su Palabra cada día?

Dispongámonos nuevamente a escuchar. Oigamos a Cristo como Palabra de vida; contemplémoslo como radiante Lucero del alba (Cfr. Ap 2, 28; 22,16) que aguarda el momento de levantarse en el interior de nuestros corazones.