Los santos de aquí y los de allá: Scott Hahn reflexiona sobre la solemnidad de todos los santos.

The Forerunners of Christ with Saints and MartyrsLecturas:
Apocalipsis 7, 2-4. 9-14
Salmo 23, 1-2. 3-4ab. 5-6
1 Juan 3, 1-3
Mateo 5, 1-12


La solemnidad de hoy es el tema de la primera lectura. En el Libro del Apocalipsis, San Juan relata una visión de “una muchedumbre tan grande que nadie podía contarla…de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas”.

Esto es buena nueva. La salvación ha llegado no solo para Israel, sino también para los pueblos. He aquí el cumplimiento de la promesa de Dios a Abrahán, que por su semilla todas las naciones serán bendecidas (ver Génesis 22,18).

La Iglesia festeja a muchos cristianos reconociéndoles en sus memoriales individualmente, pero hoy alaba a Dios por todos sus “santos”. Ese es el título que prefirió San Pablo cuando se dirigió a sus congregaciones.

Divinizados por el bautismo, ya eran “santos” por la gracia de Dios (ver Colosenses 1,2). Sin embargo, esperaban el día en que pudieran “participar de la herencia de los santos en la luz” (Colosenses 1,12).

Así también nosotros, ya que las Escrituras nos dan razones tanto para celebrar como para la esperanza. En la segunda lectura, San Juan nos dice que ser “santos” significa ser “hijos de Dios”, y luego agrega: “¡lo somos”! Veamos aquí que habla en el presente.

Sin embargo, Juan también agrega que tenemos algunos asuntos pendientes. Ya somos hijos de Dios, pero “pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin”. Así es por eso que nos esforzamos para lograr nuestra salvación: “Todo el que tenga puesta en Dios esta esperanza, se purifica a sí mismo para ser tan puro como él” (1 Juan 3,3).

Hacemos esto al compartir la vida de Cristo, quien definió para nosotros la bienaventuranza en la tierra. Somos “bendecidos”, dice Él, cuando somos pobres, cuando lloramos, cuando somos perseguidos por Su causa. Es entonces cuando debemos “alegrarnos y regocijarnos, porque [nuestra] recompensa será grande en los cielos” (Mateo 5,12).

Hasta entonces, oramos con el salmista: “Esta es la clase de hombres que te buscan, Señor”. La salvación ha llegado a través de la semilla de Abrahán, pero esta le pertenece a todas las naciones. Porque “del Señor es la tierra y lo que ella tiene; el orbe y todo en lo que él habita ” (Salmo 23,1).