Vivir por la fe: Scott Hahn reflexiona sobre el 27º Domingo de Tiempo Ordinario

Parable of the Mustard SeedLecturas:
Habacuc 1,2–3; 2,2–4
Salmo 95,1–2.6–9
2 Timoteo 1,6–8.13–14
Lucas 17,5–10


El hombre justo vivirá por su fe. En la primera lectura de hoy escuchamos esa frase profética en su contexto original, a la que San Pablo hizo tan importante (cfr. Rm 1,17; Ga 3,11; Hb 10,38).

Existimos para vivir por la fe en Cristo que nos amó y se entregó en la cruz por nosotros (cfr. Ga 2,20).

Sin embargo, el mundo podría parecernos como Judá pareció a Habacuc en el siglo séptimo: un mundo en las manos de los enemigos de Dios. La contienda y la discordia que enfrentamos en nuestras propias vidas podrían hacernos preguntar, como el profeta, por qué Dios aparentemente no escucha o no actúa cuando le pedimos ayuda.

No podemos dejar que nuestros corazones se endurezcan por las pruebas que nos toca sufrir. Como nos recuerda el salmo de hoy, Israel olvidó las proezas de Dios; perdió la fe en las palabras de su promesa. Ellos pusieron a Dios a prueba en el desierto.

Pero Dios no redimió a Israel de Egipto sólo para dejarlo morir en el desierto. Tampoco nos rescató de nuestra futilidad para luego abandonarnos en la lucha. Él es nuestro Dios y nosotros somos el pueblo que siempre pastorea, aunque en ocasiones parezca que su misericordia y su justicia demoran mucho.

Si acudimos al Señor, como los Apóstoles en el Evangelio de hoy, Él aumentará nuestra fe, encenderá el fuego del Espíritu Santo, que ha habitado en nosotros desde el Bautismo.

Como San Pablo nos dice en la epístola de hoy, el Señor siempre nos dará el amor y el dominio interior que necesitamos para soportar, con una fuerza que sólo viene de Dios, lo que nos toca de sacrificios por el Evangelio.

Nuestra tarea consiste en seguir haciendo lo que Él nos ha mandado -amar y construir su Reino-, confiando en que su plan sigue avanzando hasta su cumplimiento.

Su plan está vigente. A pesar de que somos “siervos inútiles”, un día seremos invitados a comer y beber en la mesa nuestro Señor. Ese día es el que anticipamos en cada celebración de la Eucaristía.